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Una Luz a las Naciones – Michael W. Goheen

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Una Luz a las Naciones – Michael W. Goheen

On agosto 13, 2019, Posted by , In Michael Goheen,Misiones, By , , With 2 Comments

La identidad y el rol de la iglesia, ¿De quién es el relato? ¿Cuáles son sus imágenes?

Por qué la eclesiología es tan importante

Imagina que no existe el cielo…
Podrán decirme soñador,
pero no soy el único.
Espero que algún día te unas a nosotros, así en el mundo habrá unidad.

En esta balada icónica de los años 70, John Lennon imagina un mundo mejor, donde no haya guerras, injusticia, conflictos, pobreza, desigualdad, quebranto y dolor, como sí hay en este mundo. Él ansía —y se oye el anhelo en su voz— vivir en un mundo en el que haya unidad en paz y justicia, que haya una «hermandad entre los hombres», que se acaben la avaricia y el hambre, que las personas compartan el planeta en paz y armonía. En este mundo, todas las barreras que impiden alcanzar nuestra shalom serían quitadas de en medio, y eso incluye a un cristianismo egoísta y místico, otras religiones que fomentan y aprueban la violencia, y las naciones que sacrifican miles de millones de dólares en armamentos sobre el altar del ídolo de la seguridad garantizada.

Lennon reconoce que para que esto se haga realidad, hace falta trascender las meras palabras e ideas: su sueño debe concretarse de forma visible en una comunidad, un grupo de personas que «imaginen» lo mismo que él y estén dispuestas a vivirlo en carne propia. Al decir «no soy el único», Lennon se identifica de un modo explícito con este tipo de comunidad: el movimiento contracultural de las décadas de 1960 y 1970, un grupo creciente de personas que (él cree) ya han empezado a mostrar en su propia vida la paz y la justicia que él anhela. Él nos invita a abrazar este sueño y engrosar las filas de aquellos que lo viven. La comunidad de la que Lennon se define como partícipe es un pueblo que sigue un modelo de «vengan y únanse a nosotros» y que, en sus palabras y vida, presentan una alternativa tentadora en contra de la cultura violenta, avara y egocéntrica que predomina en su época.

Sin embargo, tomando distancia histórica, sabemos que la gran mayoría de quienes se identificaron con este movimiento contracultural —los hippies de los años 60 y 70— acabaron siendo los yuppies de los 80, abandonaron el idealismo de su juventud inconformista y abrazaron una ideología que prioriza el bienestar económico. También sabemos lo destructiva que esta ideología demostró ser desde entonces, y conocemos los efectos que tuvo sobre la paz y la justicia a nivel mundial. La visión de Lennon fue un sueño hermoso y una ambición noble, pero si no había esperanzas de cumplirla, quizás fue cruel plantear siquiera la posibilidad.

El problema es que la injusticia y el egoísmo se alojan en los lugares más recónditos del corazón humano. La juventud contracultural de hace cuatro o cinco décadas no pudo encarnar el cambio que soñaba porque, más allá de sus buenas intenciones, la avaricia y la decadencia que ellos tanto aborrecían estaban profundamente arraigadas a sus propios corazones, al igual que a las estructuras e instituciones religiosas, militares y políticas —el sistema o establishment— que ellos repudiaban. Por lo tanto, a pesar de su percepción de los peligros de la cosmovisión científica convencional que dio forma a la tecnocracia occidental, el movimiento contracultural de mediados del siglo XX no fue, ni podía ser, la vanguardia de una nueva humanidad que abrazara la verdadera paz y justicia.1 Simplemente no tenía forma de serlo, solo sueños y buenas intenciones; ninguna comunidad podía vivir el sueño de Lennon.

Sin embargo, no hay duda de que todos desearíamos vivir en el tipo de mundo que él describe. La iglesia cristiana, ¿no es precisamente el tipo de sociedad que los hippies de su época soñaban? ¿Por qué Lennon llegó a considerar que la «religión» misma —que para él seguramente incluía a la iglesia cristiana— era un obstáculo que impedía alcanzar la paz y justicia para todos? Según la opinión de muchos, las largas y costosas guerras entre facciones cristianas rivales de la Europa del siglo XVII demostraron que la iglesia no tenía nada más que ofrecer al mundo moderno: al parecer, el cristianismo había echado a perder la oportunidad de brindar paz, justicia y armonía social. En los años subsiguientes, la violencia constante de quienes vinculaban sus causas con las religiones que defendían —violencia que se manifestó en el terrorismo, el genocidio y atrocidades similares— constituyó un argumento convincente de que nuestro mundo no debía depositar sus esperanzas en la fe religiosa tradicional. Por otro lado, durante los últimos siglos, el desfile de falsos mesías seculares —la ciencia, la tecnología, la educación, la política liberal, la economía del libre mercado, entre otros— no logró instaurar el mundo soñado y prometido del siglo XVIII.2 Por consiguiente, muchas personas dejaron de soñar con un mundo mejor, a pesar de que Lennon los alentara a no darse por vencidos («es fácil si lo intentas», rezaba su canción). No obstante, Lennon tenía razón en un punto: aquellos sueños y esperanzas son creíbles solo si hay una comunidad que ya pone de manifiesto ese estilo de vida aquí y ahora en sus interacciones sociales.

Es precisamente por eso que la eclesiología es tan importante. Desde los principios del relato bíblico, Dios prometió que convertiría este mundo en un mundo nuevo. Él escogió y formó a una comunidad para que encarnara esta obra de sanidad en medio de la historia humana, un pueblo que realmente pudiera decir «espero que algún día te unas a nosotros» para manifestar el conocimiento de Dios y el gozo, la rectitud, la justicia y la paz de este mundo nuevo que un día cubrirá la faz de la tierra. En esta comunidad, uno podría ver los inicios de la clase de mundo que Dios había pensado originalmente para su creación, y que aún piensa hacer realidad en el final de la historia por medio de su obra salvadora. Durante el período histórico del Antiguo Testamento, Israel fue el pueblo escogido para ser esa comunidad, y el regalo divino de la ley y el conocimiento que Dios le otorgó se expresó en un estilo de vida que tenía por finalidad hacer que este mundo nuevo fuera tangible entre los demás pueblos del antiguo Cercano Oriente. Sin embargo, una y otra vez, Israel faltó a su responsabilidad y fracasó en el intento de ser la comunidad ejemplar que Dios pensó, porque el viejo mundo aún gobernaba su corazón.

Vez tras vez Dios renovó a Israel, pero mediante los profetas prometió que un día llevaría a cabo un acto decisivo para renovarlos de forma definitiva, lidiar con su pecado y moldearlos para que fueran una sociedad nueva de personas restauradas. Eso es lo que hizo en Cristo Jesús y por medio del Espíritu, y en eso consisten las buenas nuevas: en la cruz Dios obtuvo una victoria decisiva sobre todo aquello que Lennon aborrecía. El mundo nuevo al que él aspiraba comienza en la resurrección. Jesús envió a la nueva «Israel» que había reunido (que pronto incluiría gentiles), investida del poder del Espíritu, a habitar en medio de las culturas de cada rincón de este mundo, como señal tangible y visible de que el mundo nuevo prometido por Dios realmente vendría y estaba en camino. Las palabras y acciones, la vida comunitaria y las mismas vidas de cada uno de los seguidores de Jesús habrían de dar un mensaje: «Somos el anticipo de un nuevo día, un nuevo mundo; porque llegará el día en que en el mundo realmente habrá unidad. ¿Vendrás y te unirás a nosotros?».

Por eso es que la iglesia ha sido escogida y ha probado un anticipo de la salvación. Esto es lo que somos.

Continúa leyendo el capitulo de muestra : http://librosdeteologia.cl/download/UnaLuzalasNacionesFreeSample.pdf

Tomado de la Web: https://www.editorialdoulos.com/

Libro : Una Luz a las Naciones – La Iglesia misional y el relato bíblico
Autor : Michael W. Goheen

Editorial : Doulos
Paginas : 376 Pág..

Puedes solicitarlo en ventas@librosdeteologia.cl

2 Comments so far:

  1. Jorge Luis Téllez dice:

    ¿El libro es gratis?

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